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9 de agosto de 2013

162 horas de 232 horas y media.

Resumiré mis últimos días en cuatro palabras: día de la marmota. ¿Sabéis eso de que todos tus putos días sean iguales? Pues eso.

Hay gente que para dormir cuenta ovejas. Yo cuento barcas. Porque a eso me he limitado. A estar en una cabina encerrado viendo pasar barcas con gente que va disparando agua a muñecos del Oso Yogui y que como no tienen nada que les impida levantarse excepto tu insistencia de que se estén sentados, pues se levantan, te ignoran, te sientes ignorado, lloras, te frustras, miras el reloj, solo han pasado cinco minutos y la jornada es de 11 horas.

Por cierto, ahora sé lo que sienten los monos del zoo. La gente me ve encerrado en la cabina mirando al infinito y me señala, y dicen "¡mira, un señor! ¡Dile hola!" Qué dos hostias que no te dieron de pequeño.

¡Ah! Y definitivamente la gente es estúpida. Se montan en una atracción de agua, les empieza a llover y se empiezan a quejar porque se están mojando.

En fin. Cinco neuronas me quedan. Cinco. Y a un par de ellas las he visto haciendo las maletas ya.

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