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28 de abril de 2014

Lamento electrónico.

El siglo XXI, sociopolíticamente hablando, es una mierda. La sociedad es un conjunto de personas cobardes, demasiado temerosas de perder lo poco que tienen, o demasiado egoístas como para compartir lo mucho que les sobra. 

Lo hemos convertido absolutamente todo en un ente tan complejo, raro e indefinido que las cosas simples, pequeñas y que valen la pena resultan extravagantes y son repelidas por la mayoría, y sustituidas por robots que prometen mejorar nuestra calidad de vida, por la incertidumbre de un futuro prometedor pero frágil, por la lejanía entre personas en pro de la cercanía de lo abstracto y lo falso.

Algo tan sencillo como un abrazo a día de hoy se ha convertido en un gesto valiente. Tenemos miedo de nosotros mismos y de acercarnos demasiado a los demás. Ni siquiera somos capaces de hablar de optimismo, de amor o de esperanza porque son utopías, y evocándolas podrías estar haciendo campaña publicitaria involuntaria a Coca Cola o al banco Santander. 

Queremos convertir la vida en un videoclip musical, en un anuncio de televisión, en un reality show, en un escaparate, en una película de Hollywood. La vida no es eso. La vida es algo tan sencillo, tan nimio, tan lleno de oportunidades. Pero nos hemos vueltos orgullosos y narcisistas. Yo, yo y yo. Si la vida se tratase de eso, la procreación consistiría en nacer solos en una isla desierta cuyas posibilidades no irían más allá de un limitado conjunto de acciones individuales, entre ellas el onanismo.

El ser humano se ha convertido en un ser paranoico y testarudo, encantado de conocerse a sí mismo. Le
resulta complicado enamorarse, separarse de sus bienes, salir a explorar, conocer cosas nuevas o luchar por una vida mejor. Esa comodidad que no hace más que llevarle al odio. Odio a lo ajeno y a lo desconocido.


Que le den por culo al odio y a los que odian. Que le den por culo a la tecnología que dice acercarnos unos a otros. Que les den por culo a los que presumen de sus logros sin percatarse de que sin el resto de personas que le rodean esa prosperidad jamás le habría llegado. Que les den por culo a los que se anclan en su zona de confort. Que les den por culo a los que temen a los valientes que se arriesgan a algo mejor. Que les den por culo a quienes desprecian a los felices.


Un emoticono jamás podrá sustituir la calidez de un beso. Un "me gusta" no puede combatir con un apretón de manos. Compartir tu vida en una red social carece de la gratificación de hacerlo con un amigo.

5 de abril de 2014

La aventura de mi señor novio.

Para presumir tanto de él, nunca había escrito un post sobre mi novio, así que aprovechando la aventura en la que se ha embarcado, lo hago. Y porque en mi blog de vez en cuando tengo que ponerme empalagoso para parecer buena persona. Lo que más admiro de El Gran Rak no es su capacidad de llevarme aguantando desde hace más de un año, sino su capacidad de sorprenderme constantemente. Y de sacarme de quicio. Son cosas que van de la mano.

Resulta que hace unos meses, Desigual lanzó una campaña por las redes sociales llamada #yomeatrevo, con la cual escogería al que mejor propuesta hiciera y le pagaría la hazaña. Mientras otros se dedicaban a decir que se atrevían a vivir, o a ser felices, o a irse de compras por Nueva York, El Gran Rak soltó la siguiente perla: "yo me atrevo a irme de Madrid a Oslo en bicicleta". Así, tal cual. Lo peor es que cuando me lo dijo, le creía capaz. Porque este chaval está mal de la cabeza.

Tras unos meses de culturizarle cinematográficamente, de picarme en la máquina de bailar con él, o de iniciarme en la escalada o casi matarme patinando por su culpa, una mañana vino corriendo histérico a mi casa y me dijo que había ganado el premio, que Desigual había elegido su propuesta. Me quedé a cuadros: un estallido de alegría y de acojone tremendo. Por un lado yo era el primero que le decía que adelante, y por otro lado pensar en que se iba a tirar varios meses en bicicleta haciendo el cabra por Europa me aterraba. Y aparte, había que decírselo a sus padres. Todo terrorífico y adrenalítico y fantástico.

Pero como he dicho, eso es lo que más me gusta de él. Esa espontaneidad y predisposición para hacer cosas increíbles, esas ganas de exprimir la vida. Y su capacidad para animarme a compartir ese entusiasmo.

Al final el viaje se queda en 1900 kilómetros desde Barcelona a París a pedales en un mes. La cosa no se queda ahí: rafting, escalada, visitar Disneyland, o un festival de música son algunas de las cosas que va a estar haciendo (y mientras yo le voy a estar envidiando bastante). Creo que después de Spiderman (el de Andrew Garfield, que el otro era un soso) y Joseph Gordon Levitt, es el mejor novio que podría tener.

Y ahora voy a ponerme con la Play, que se ha convertido en su sustituta para este mes.